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Las guerras de renta en East Harlem: Hace falta un pueblo para armar un lío

Andalusia Knoll Nov 18, 2007

Cuando Ricardo Ramón y Natalia Evangelista emigraron a los Estados Unidos desde Santa Inés, un pequeño y árido pueblo agrícola en el estado de Puebla en el sur de México, nunca imaginaron que estarían luchando otra vez contra el desalojo. “Tenemos los mismos problemas que dejamos atrás en México”, dijo Ramón. “Allá, luchan por un lugar donde vivir. Aquí, hacemos lo mismo”.

Ramón, de 25 años de edad, y Evangelista, de 23, son sólo dos de alrededor de 380 inquilinos, organizados en el Movimiento por Justicia en El Barrio (MJB), quienes luchan contra los intentos de su nuevo casero de desalojar a los inquilinos de 47 edificios de renta estabilizada y controlada en East Harlem, también conocido como El Barrio.

Desde que los 47 edificios fueron comprados por Dawnay, Day Group, un banco privado británico que maneja $10 mil millones en bienes globales y tiene propiedades de bienes raíces en Europa, la India y Australia, los inquilinos han enfrentado hostigamiento general y han sido cargados falsamente por servicios que nunca recibieron.
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> Como respuesta, MJB, un modelo de organización inspirado por los zapatistas que se ha arraigado en East Harlem durante los últimos cinco años, ha librado una batalla para impedir que “los caseros, el gobierno y su cultura de dinero” desalojen a gente de color y residentes de bajos ingresos so pretexto del “desarrollo”.

“El sueño de ellos es que salgamos del edificio y nos vayamos”, dijo Ramón, quien gana $1,800 al mes desempeñándose como cocinero, de los que paga $874 de renta y mantiene a Evangelista y sus dos pequeños hijos. Si Dawnay, Day consigue los aumentos de renta que está buscando, su familia y la mayoría de los otros inquilinos serán desalojados. Ramón dice que les encanta vivir en El Barrio y que “quisiéramos quedarnos aquí por muchos años. Nuestro sueño es que nuestros hijos se queden aquí, vayan a la escuela, se gradúen y entren en una profesión”.

“La meta de ellos es ganar cada día más dinero y que los pobres sigan siendo pobres”, dijo Evangelista.

Ardides sucios para desalojar a inquilinos

Uno de cuantiosos inversionistas extranjeros atraídos recientemente al mercado de bienes raíces en la Ciudad de Nueva York, Dawnay, Day pagó casi $250 millones en marzo por edificios al norte y el este del Parque Central, desde el este de la calle 100 hasta el este de la calle 120, que contienen 1,137 apartamentos y 55 espacios comerciales.

En East Harlem, casi un 40 por ciento de los 100,000 residentes viven debajo de la línea de pobreza. El ingreso familiar medio en 2005 fue sólo $23,000 al año, menos de la mitad de la cifra de $50,000 para Manhattan. La renta media fue $900 al mes—un 47 por ciento del ingreso medio.

El objetivo de Dawnay, Day era claro: desalojar a los actuales inquilinos de renta regulada, renovar los edificios y elevar las rentas. “East Harlem es la última área en todo Manhattan que está aburguesándose”, Phil Blakely, el director del banco, especuló en un artículo en el Times of London. Equiparó la compra de propiedades en East Harlem a la compra de bienes raíces en Brixton, un vecindario de Londres—una vez el centro de la cultura inmigrante afro-caribeña de la ciudad—cuya reciente burguesificación ha desembocado en marcados aumentos de renta.

“Un apartamento típico de dos dormitorios que cuesta $150 al mes de renta puede ver el alza de la renta por un 3 por ciento a un 4 por ciento cada año, sin hacer nada”, prosiguió Blakely. “En cuanto uno toma posesión de la unidad desocupada, la renta típicamente se eleva un 17 por ciento al realquilar, sin hacer nada. Pero con renovación, un apartamento puede costar $1,700 al mes una vez que se realquile en el mercado abierto”. Estimó que una vez que los apartamentos en East Harlem se renueven y se alquilen en la tasa del mercado, el valor de las propiedades aumentará del precio de compra de $280 por pie cuadrado a más de $1,000 por pie cuadrado.

Usando tácticas que se han vuelto cada vez más frecuentes en los últimos diez años, Dawnay, Day ha hostigado a sus inquilinos y les ha cobrado por reparaciones que nunca se hicieron, en un esfuerzo de desalojar a los residentes de renta regulada.

Zoila Jara, una madre soltera con dos hijos que ha vivido en el este de la calle 106 por 13 años, dice que la compañía le cobró falsamente $1,495. “Dawnay Day asevera que parte de esto es por una lavadora que dicen que me dieron. El hecho es que no tengo ni nunca he tenido una lavadora”, dijo. “Por encima de esto, por cada mes que pasa que me niego a pagar, ellos añaden falsos cobros por retrasos”.

La compañía también se ha negado a hacer muy necesarias reparaciones de emergencia, según un artículo que apareció en el Daily News en agosto. La inquilina Cristina Ortega informó acerca de dos distintos incidentes en los cuales Dawnay, Day no cumplió con reparaciones después de que pedazos de su techo cayeron, hiriendo a sus dos hijas adolescentes. “Avisé a HPD”, dijo al News. “No han hecho nada”.

A los residentes se les ha sometido a acusaciones de sobrepoblación en los apartamentos, se les ha pedido pagar honorarios judiciales imaginarios que Dawnay, Day ha sostenido se deben al antiguo casero y se les ha ofrecido dinero para salir.

“Ellos saben que somos gente con pocos recursos y se aprovechan de nosotros. No le harían esto a gente con mucho dinero. Sólo quieren botarnos para que puedan arreglar estos apartamentos un poco, traer a nueva gente más rica y cobrar rentas más elevadas”, dice Josefina Salazar, una inquilina de Dawnay, Day y miembro de MJB.

Nuevo casero, lío más grande

Los inquilinos dicen que Stephen Kessner, el previo casero de los 47 edificios, usó tácticas similares. A cambio, le desalojaron a él de East Harlem. Hartos por las condiciones ruinosas de sus apartamentos, Ramón, Evangelista y otros inquilinos se organizaron y llevaron a Kessner a la Corte de Vivienda.

“Cuando una sola persona va a la Corte de Vivienda, no funciona. Tener muchas personas juntas en la corte es lo que ganó el día”, dijo Evangelista. “Cuando un juez ve a un grupo de inquilinos luchando juntos, es más probable que responda que cuando le ve a usted solo”, añadió Ramón.

La campaña de MJB en contra de Kessner ganó mucha atención en la prensa—el Village Voice le tachó de uno de “Los 10 Peores Caseros de NYC” en julio de 2006—y eventualmente le forzó a poner sus propiedades de East Harlem a la venta. Dawnay, Day las compró en marzo.

El 17 de octubre, junto con Servicios Legales de Harlem (Harlem Legal Services) y el Proyecto de Apoyo en torno al Desarrollo Económico (Neighborhood Economic Development Advocacy Project), MJB entabló una demanda de protección de consumidores en contra de Dawnay, Day. La demanda pide un decreto judicial para impedir que la compañía “se ocupe en engaños al cobrar todo tipo de pagos y cargos a sus inquilinos que en realidad no existen ni tienen ninguna base en la ley”, dijo el abogado Ed Josephson. “Pensamos que [estos cargos] son parte de una intriga para hostigar a los inquilinos y forzarlos a mudarse, y así poder elevar las rentas en los apartamentos desocupados”.

Juan Haro, un organizador y cofundador de MJB, acusa al Departamento de Conservación y Desarrollo de Vivienda (Housing Preservation and Development, HPD) municipal de inacción selectiva. “HPD dice que su meta expresada es asegurar que los inquilinos sean protegidos, ya que los inquilinos sí tienen derechos legales, pero la verdad del asunto es que cuando los inquilinos en East Harlem llaman a 311, HPD se hace de la vista gorda, HPD no responde como lo haría si estos inquilinos fueran residentes blancos de clase media o alta como los que viven en el centro de Manhattan”.

Él dice que están luchando no solamente contra caseros codiciosos sino también el más extenso sistema capitalista y sus tentáculos globalizados—“nuestra objetivación por estas compañías multinacionales, por estos caseros, por la ciudad, por HPD, en su esfuerzo de desplazarnos otra vez para que seamos forzados a salir de East Harlem y vivir en otro sitio”.

“Quieren remover de la calle a los vendedores ambulantes, quienes ganan una vida honorable y digna, a las familias que tienen sus pequeños restaurantes, a las pequeñas tiendas de ropa y a las pequeñas bodegas en las esquinas de nuestro vecindario”, dijo MJB en una declaración. “Quieren desplazarnos para traer sus restaurantes de lujo, sus grandes tiendas de prendas caras, sus cadenas de supermercados. Quieren transformar nuestro vecindario. Quieren transformar nuestra cultura. Quieren transformar lo que nos hace latino, afro-americano, asiático o indígena. Quieren transformar todo lo que nos hace El Barrio”.

“No vamos a salir. Vamos a luchar hasta el fin por nuestros hijos”, dice el miembro de MJB Paula Serrano.

Una versión más larga de esta historia apareció en The Indypendent; reimpresa con permiso. John Tarleton contribuyó a este artículo.